Desempleo y capitalismo salvaje

unemploimentEl desempleo es una abrupta realidad del capitalismo. En la actualidad existen cifras para aterrar a cualquier desprevenido. En Estados Unidos el desempleo es del 7,5% (es bajo porque los sabios no incluyen otras formas de precariedad laboral, como quienes realizan trabajos momentáneos mientras buscan uno fijo, aquellos quienes trabajan obligadamente jornadas por debajo de lo normal, los desocupados desanimados que ya no buscan más el empleo, los ocupados en puestos por debajo de la remuneración vital mínima o en puestos por debajo de su calificación, etc, etc.). En Colombia, ya lo sabemos de sobra, es del 14%, con tendencia al alza, en España del 18,5%, en Francia del 13% y en Europa del 12%. Pero, asombrémonos aun más: según el informe de la OIT 1996/97, algo así como ¡1.000 millones de personas en todo el mundo están desempleadas! Es decir, según esa Organización, ¡el 30% de la fuerza laboral humana no tiene trabajo!

Para el neoliberalismo ortodoxo las explicaciones de este fenómeno son, entre otras, la falta de crecimiento económico, el alto costo del empleo y la excesiva “rigidez” del mercado laboral o de sus condiciones de contratación o de la legislación laboral. Ellos, por supuesto, creen que el libre mercado encontrará todos los equilibrios. Pero, ¿es cierto? ¿Podemos corroborar lo anterior mirando la realidad? No lo creo. Entre 1960 y 1990, la producción mundial por habitante se ha multiplicado por 2,5, el crecimiento económico se sostuvo en importantes niveles y, sin embargo, la proporción de desocupados ha aumentado muchísimo. Lo mismo ha ocurrido en esta década. Jeremy Rifkin, autor del best seller El fin del trabajo, afirma: “en los Estados Unidos hace 30 años un tercio de los trabajadores estaba empleado en fábricas. Hoy, solamente, lo está un siete por ciento. Con maquinaria cada vez más eficiente, las fábricas producen más y emplean menos gente. Esto se da porque el 75 por ciento de todos los trabajos en la economía global son simples y repetitivos, de manera que la tecnología los puede reemplazar. ¡En el 2.020, menos del 2 por ciento de los trabajadores del mundo estará empleado en fábricas!”. En Argentina, para citar sólo un ejemplo neoliberal latinoamericano, la tasa de desempleo no superaba el 4%, en 1985. Entre 1985 y 1992, varió entre el 6 y el 10%, para treparse, entre 1993 y 1994, a un máximo del 15%. Desde entonces, el desempleo superó sistemáticamente el 15%. ¡El desempleo creció un 60% entre 1990 y 1994, mientras el producto interno bruto crecía a una tasa del 7,7% anual!

El alto costo del empleo tampoco parece tener mayor incidencia, pues los niveles de pobreza se dispararon en el mundo desarrollado donde el salario mínimo promedio es de ¡1.000 dólares!

Por otro lado, la “flexibilización” del mercado laboral o de la Ley laboral no produciría sino abaratamiento de los despidos y de las indemnizaciones por accidente, reducción de los aportes patronales a la previsión social, despidos masivos de empleados públicos y de las empresas privatizadas, sistemática reducción salarial, alargamiento de las jornadas e intensificación de los ritmos de trabajo, elevación de la edad jubilatoria, masificación del empleo por ‘contratos’ (sin pago de indemnización por despido), conversión de trabajadores con relación de dependencia en “autónomos prestadores de servicios” para las mismas empresas y, en fin, más de ese capitalismo salvaje que estamos aborreciendo, con sus secuelas naturales de mucha más desocupación.

En resumen, las causas del desempleo, están inscritas en los propios postulados de nuestro sistema de producción y de mercado. Las desigualdades consecuenciales de todo ello no afectan a cifras frías como las enunciadas, sino a hombres y mujeres de carne y hueso, a quienes, como decía Noemí Sanín, es imposible clasificar, mirándolos a los ojos, entre desempleados coyunturales o estructurales.

La solución a este problema debe ser, también, humana, pasando necesariamente por el mejoramiento de la inversión educativa (otra hubiera sido nuestra suerte si hubiéramos invertido en esta década por lo menos el 4,5% del PIB en educación), por la disminución drástica de los intereses bancarios (componente importantísimo de los costos de producción), por la reducción de la inflación, por la disminución de la jornada laboral y, no nos da miedo decirlo, la democratización de los márgenes de ganancia del sistema.
Carlos Mauricio Iriarte Barrios

Fuente del artículo http://www.articulo.org/933/camairiba

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